
Voy a explotar o la "nueva ola de cine mexicano". El tercer (nadie se explica por qué en el pasado festival de Guadalajara le dieron el premio a la mejor ópera prima) largometraje de Gerardo Naranjo es otra apropiación de la técnica y lenguaje clásicos de la nueva ola de cine francés. Y de las historias. Román (Juan Pablo de Santiago) y Maru (María Deschamps) son dos adolescentes totalmente inadaptados. Él fantasea con matar a sus profesores, ella se le pone al brinco a quien le dirija la palabra. Ambos hacen un plan para fugarse y esconderse... en la azotea de la casa de él, mientras el papá de Román, un político (ni tan) influyente (Daniel Giménez-Cacho) hace todo por encontrarlos, pero por debajo del agua, no se vaya a crear un escándalo.
Voy a explotar o l'amour fou a la mexicana. La relación de Maru y Román es, como en cualquier película homenaje a la nouvelle vague que se precie, totalmente autodestructiva. Homenajes a Godard por todos lados (los más obvios son a Alphaville y Pierrot el loco). Naranjo se siente mucho más agusto en los largos monólogos de Maru que en los n pleitos de los jóvenes. Y es que terminan siendo tantos que uno, inevitablemente, se cansa. La verdad sea dicha, Voy a explotar alcanza vuelos muy, muy altos pero que se pierden entre tanta paja. Digamos que de los 104 minutos de duración de la película, estamos hablando de 20 de gran cine.
Voy a explotar o la crítica al puritanismo mexicano. No es gratuito que la película se desarrolle en Guanajuato, por mucho la ciudad más 'mocha' de todo el país. No es gratuito que el personaje de Giménez-Cacho sea un político que busca, a toda costa, guardar las apariencias. En México, pues, hay que reprimir a los jóvenes porque en un país guadalupano no hay cabida para rebeldías, parece estarnos diciendo Naranjo (al iniciar la película, Román asiste a una escuela religiosa). Y a veces parece no haber más salida que desaparecer de la vista de todos.
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