lunes, 29 de junio de 2009

Nick & Norah's infinite playlist

Nick & Norah: una noche de música y amor (Nick & Norah's infinite playlist). Dir. Peter Sollet, 2008.

Nick (Michael Cera) simple y sencillamente no puede olvidar a su ex, Tris (Alexis Dziena). No puede dejar de hacerle discos y discos y más discos. Lo que no sabe es que estos discos no llegan a Tris, sino a Norah (Kat Dennings). Norah no conoce a Nick, pero juzgando por sus discos cree que son almas gemelas musicales. Nick tiene una banda, The Jerkoffs, formada por él y sus amigos que, por cierto, son gays. En una tocada a la que asisten Norah, Tris y la mejor amiga de Norah, Caroline (Ari Graynor). Norah, para no quedar mal con Tris, pide a Nick (sin saber que es el ex de Tris) que finjan que son novios. Mientras tanto, Caroline se pone pero hasta su madre, por lo que Norah y Nick tienen que llevarla a su casa. Los amigos de Nick tienen un plan para emparejarlo con Norah. Mientras tanto, todos buscan a Fluffy, una banda indie neoyorquina que anuncia sus conciertos pero no donde serán.

A ver, desde que empieza la película uno sabe en qué terminará. O quizá desde antes que empiece, el título ya es bastante explícito. La película no guarda en realidad ninguna sorpresa y el relato es totalmente lineal. ¿En dónde radica, entonces, el encanto de este film? Nada más y nada menos que en su sencillez. Nick & Norah no pretende ser absolutamente nada más que una comedia romántica juvenil, y justamente eso es lo que logra, pero no solamente lo logra.

La química entre los dos protagonistas se nota. Tanto Michael Cera como Kat Dennings son conocidos por sus decisiones profesionales poco comunes, aspecto que se nota en su manera de actuar y es justamente por eso que ellos dos eran los indicados para interpretar a Nick y Norah, respectivamente. El reparto es adecuado, nadie está mal y nadie está de más. La historia se desarrolla ágilmente (la película es corta, menos de hora y media) y uno no pierde nunca el interés, lo que es admirable ya que estamos ante una trama muy sencilla. Pero sobre todo, lo que me ganó de Nick & Norah es el mood. La ambientación, la música... la película transcurre toda en un día, casi toda en una noche, de un bar a otro, en una tienda 24/7, en el Yugo de Nick... y todos estos lugares se sienten como los adecuados, los correctos. Lugares que existen y a los que todos podríamos ir en una noche de peda... ya que encontremos a Norah, claro.



Ja, qué cursi/mamón me oí.

domingo, 28 de junio de 2009

Baby Star Trek


Jajaja... y que conste que Star Trek (JJ Abrams, 2009) me gustó bastante y me parece la película a vencer del verano (descontando Up que me pareció más que una cinta veraniega).
En otros asuntos (o en los mismos pero distintos, whatever) Nick & Norah's infinite playlist (Peter Sollet, 2008) es una chingonería en su género. La mejor comedia romántica que he visto en años. Más en la siguiente entrada.

martes, 23 de junio de 2009

Voy a explotar

Voy a explotar. Dir. Gerardo Naranjo, 2008.

Voy a explotar o la "nueva ola de cine mexicano". El tercer (nadie se explica por qué en el pasado festival de Guadalajara le dieron el premio a la mejor ópera prima) largometraje de Gerardo Naranjo es otra apropiación de la técnica y lenguaje clásicos de la nueva ola de cine francés. Y de las historias. Román (Juan Pablo de Santiago) y Maru (María Deschamps) son dos adolescentes totalmente inadaptados. Él fantasea con matar a sus profesores, ella se le pone al brinco a quien le dirija la palabra. Ambos hacen un plan para fugarse y esconderse... en la azotea de la casa de él, mientras el papá de Román, un político (ni tan) influyente (Daniel Giménez-Cacho) hace todo por encontrarlos, pero por debajo del agua, no se vaya a crear un escándalo.

Voy a explotar o l'amour fou a la mexicana. La relación de Maru y Román es, como en cualquier película homenaje a la nouvelle vague que se precie, totalmente autodestructiva. Homenajes a Godard por todos lados (los más obvios son a Alphaville y Pierrot el loco). Naranjo se siente mucho más agusto en los largos monólogos de Maru que en los n pleitos de los jóvenes. Y es que terminan siendo tantos que uno, inevitablemente, se cansa. La verdad sea dicha, Voy a explotar alcanza vuelos muy, muy altos pero que se pierden entre tanta paja. Digamos que de los 104 minutos de duración de la película, estamos hablando de 20 de gran cine.

Voy a explotar o la crítica al puritanismo mexicano. No es gratuito que la película se desarrolle en Guanajuato, por mucho la ciudad más 'mocha' de todo el país. No es gratuito que el personaje de Giménez-Cacho sea un político que busca, a toda costa, guardar las apariencias. En México, pues, hay que reprimir a los jóvenes porque en un país guadalupano no hay cabida para rebeldías, parece estarnos diciendo Naranjo (al iniciar la película, Román asiste a una escuela religiosa). Y a veces parece no haber más salida que desaparecer de la vista de todos.

sábado, 20 de junio de 2009

Gustos

Haciendo caso a Luis Buñuel, aquí les va una lista de muchos de mis gustos. Traté de ser, la mayoría de las veces, categórico. No sé si lo logré, pero sí se que el ejercici resultó ser muy interesante. Se los recomiendo a todos, y ahí de paso me conocen mejor ja.
Me gusta ver llover. Y oír llover. En pocas palabras, me gusta la lluvia. Aunque ese es un gusto que aquí en la Ciudad de México se ha ido desvaneciendo.
Me gustan las matemáticas. Mucho. Encuentro en ellas una belleza que muy difícilmente podría expresar con palabras.
Detesto a los bluff. Y vaya que conozco muchos. Aunque, como dice Aute, más que náusea dan tristeza...
Hablando de Aute, me gusta mucho la música de trova. Para ser honestos, no conozco toda la trova que quisiera. En cuanto a música, también me gusta el rock. Pero si de trova no conozco tanto como quisiera, de rock conozco muchísimo menos.
No me gustan mucho los directores contemporáneos. No se si por prejuicio. No me emocionan las películas nuevas de Tarantino, Guy Ritchie, Wes Anderson, Danny Boyle...
O más bien debería decir, no me gustan mucho todos los directores contemporáneos. Sí me emociona, por ejemplo, que David Cronenberg, Wong Kar-Wai o Lars von Trier saquen una película nueva. Creo que hay ciertos directores con los que aplica la frase 'El que no conoce a Dios, ante cualquier barbón se hinca.'
En cuanto a directores clásicos, Kurosawa no me gusta mucho. Aunque admito que hizo más de una gran película (Dersu Uzala, por citar sólo una) todas sus películas de samurais (con una excepción: Los siete samurais) me dan flojera.
No pude terminar de leer la trilogía de El señor de los anillos. Leí La comunidad del anillo y la mitad de Las dos torres. La capacidad descriptiva de Tolkien me parece, en una palabra, admirable, pero simple y sencillamente nunca me pude encontrar.
También tuve problemas para terminar El amor en los tiempos del cólera. Creo que lo empecé como tres veces, hasta que por fin lo terminé. Y me alegra haberlo hecho. Por el contrario, no me alegra haber empezado, y terminado, Memorias de mis putas tristes. Qué lástima leer a García Márquez refriteándose sus mejores trabajos.
No me gustan las faltas de ortografía. Mejor dicho, me ponen un tanto nervioso. Las faltas de ortografía que si me molestan son las que son a propósito, como sustuir la "qu" por una "k". No sé por qué. Es una manía que tengo.
Hablando de manías, me gustan mucho las manías. Y las "ideateces". No creo que haya ninguna persona sin manías. Y si la hay, siento lástima por esa persona.
No soy, y estoy muy lejos de ser, una persona deportista. En eso no me gusto para nada. En cuanto a ver deporte, lo disfruto, pero no me apasiona. Tengo amigos que casi se saben por completo la alineación de tal equipo de hace 20 años. Yo no. No soy así.
Hablando de amigos, no soy persona de muchos amigos, y creo que eso se nota. A veces me gustaría ser más sociable, pero estoy bien así. Tampoco soy un ermitaño.
No entiendo a los gays. No tengo nada en contra de ellos, simple y sencillamente no los entiendo. Por otro lado, me parece increíble como en años recientes el número de personas homosexuales ha aumentado considerablemente, como si fuera una moda. No lo entiendo.
Me considero una persona tolerante. Aunque también tengo mis ratos de tolerancia mínima, de los que a veces me arrepiento.
Casi no veo la tele. Antes sí. Ahorita si acaso veo Los Simpsons y Seinfeld.
De niño me gustaba ver Los caballeros del zodiaco, Dragon Ball Z y Power Rangers. También, aunque en menor medida, Los gatos samurai, Thundercats, He-Man... veo las caricaturas que pasan hoy, y no puedo sentir más que lástima por la niñez actual.
Me gusta el cine de Spielberg. No todas sus películas, por supuesto, pero creo que pocos manejan la técnica cinematográfica tan bien como él. La edición en sus películas es, la mayoría de las veces, impecable. Además, su filmografía está llena de imágenes icónicas. La pupila del tiranosaurio en Jurassic Park, el movimiento del agua en el vaso en la misma película, E.T. y sus amigos volando en biciclietas frente a la luna, la primera vez que vemos al Tiburón, la secuencia inicial de Rescatando al soldado Ryan, la roca gigante a punto de aplastar a Indiana Jones...
No me gusta dejar a medias una película. Aunque a veces es inevitable. Me he dormido, por ejemplo, en Inframundo y 40 días y 40 noches.
Me gusta el calor. Sobretodo si es en la playa. Lo prefiero mil veces por encima del frío. El frío hace que se me resequen los labios, y eso para mí es casi insoportable.
Me gusta el Nintendo, aunque ya rara vez juego. De Super Nintendo, mis juegos favoritos eran Super Street Fighter II y Donkey Kong Country II. De 64, por mucho, el Ocarina. El cubo ya no lo tuve, y el Wii tampoco (aunque mis papás lo tienen). Las consolas de Sony y Microsoft, en realidad nunca me han interesado.
Odiaba el Distrito Federal. Pero eso fue hace mucho, cuando iba llegando. Ahorita puedo decir que me gusta bastante.
Me gusta leer las críticas de películas, sin hacerles mucho caso en realidad. Por eso a veces no le encuentro caso a este blog. En cuanto a críticos, sólo puedo decir que confío en Ernesto Díezmartinez.

jueves, 18 de junio de 2009

Full Metal Jacket



Cara de guerra (Full metal jacket). Dir. Stanley Kubrick, 1987.

A Kubrick vaya que le costaba decidirse por un proyecto. Después de terminar El resplandor (The shining/1980) el director neoyorquino se dio a la tarea de investigar para su proyecto que jamás se realizaría, The aryan papers (Los documentos arios). Después de muchos años de investigar y darse por vencido, Kubrick prefirió voltear hacia la guerra de Vietnam. Al fin y al cabo, ya había realizado dos películas bélicas (el drama La patrulla infernal (Paths of glory/1958) y la comedia Dr. Insólito (Dr. Strangelove or: How I Learned to stop worrying and love the bomb/1964)) y, con Pelotón (Platoon/Oliver Stone,1986), las películas de guerra se habían puesto de moda.

Así pues, tenemos Cara de guerra. La película está claramente dividida en dos partes, y por lo mismo así lo estará esta reseña.

La primera parte: el entrenamiento. El film abre con tomas de jóvenes recién enlistados en el ejército siendo rapados completamente para inmediatamente después ser dejados a las sauces del lobo. O del general Hartman (interpretado por el verdadero general Lee Ermey) quien maltrata a diestra y siniestra a los pobres reclutas. Los jóvenes son, pues, basura, y el general los tratará como tal hasta que se muestren capaces de obtener un título militar. Hasta que las armas se vuelvan una extensión de ellos. This is my rifle. There are many like it but this one is mine. My rifle is my best friend. It is my life (Éste es mi rifle. Hay muchos como él pero este es mío. Mi rifle es mi mejor amigo. Es mi vida) recitan los aspirantes a soldados. Y así se presenta una de las constantes del cine de Kubrick: la lenta, progresiva, deshumanización de la que sufre la, valga la redundancia, humanidad. Al ejército no le interesan las personas, les interesan las máquinas de matar, parece estar queriéndonos decir Kubrick. Y qué maravilla cuando nos lo dice con una formalidad impresionante, tomas meticulosamente compuestas y, en una de esas, toques de humor.

La segunda parte: la guerra. Donde los que pasaron la prueba demostrarán todo lo que “aprendieron” durante su entrenamiento. In Vietnam the wind doesn’t blow, it sucks (En Vietnam el viento no sopla, apesta) decía la frase promocional de la película por allá de su año de estreno, 1987. Y esta parece ser la actitud de todos los que están ahí. En una guerra totalmente ajena a sus intereses, en la que para divertirse tienen que irse a matar vietnamitas. Cierto es que en esta segunda mitad la película se le cae un poco a Kubrick. Tiende a ser un poco cansada y repetitiva pero, al fin y al cabo, certera en su crítica . De la que, por cierto, no se escapa nadie. Ni los medios de comunicación, ni mucho menos Mickey Mouse.

domingo, 7 de junio de 2009

Happy-Go-Lucky




Happy-Go-Lucky. Dir. Mike Leigh, 2008.

Poppy (Sally Hawkins) es una maestra de primaria que vive, así sin más, feliz. Ella irradia felicidad aún cuando el mundo a su alrededor haga todo lo contrario. Irradia felicidad aún cuando el dependiente de la librería simple y llanamente la ignore. Irradia felicidad aún cuando un quiropráctico le esté acomodando una vértebra dislocada. Irradiafelicidad aún cuando le robaron su bicicleta. Irradia felicidad aún cuando está en sus clases de manejo con un profesor anticuado, machista, racista, fanático, amargado (Eddir Marsan).

El décimo largometraje del director inglés Mike Leigh (Naked, Vera Drake) parece ir a contracorriente con el resto de su filmografía. Happy-Go-Lucky irradia alegría y no solamente a través de su protagonista. También a través de la fotografía, la banda sonora y hasta la edición (barridos a la Star Wars). Happy-Go-Lucky es, qué duda cabe, una de las películas más alegres del año, y una de esas raras ocasiones en las que la forma empata a la perfección con el fondo.

Pero no hay que dejarse engañar. En algún momento de la película alguien le dice a Poppy que no puede hacer feliz a todo mundo. Mike Leigh lo sabe y Happy-Go-Lucky logra sus mejores momentos cuando enfrenta a su protagonista con una realidad constantemente cruel. Con dos niños que se pelean, con un triste vagabundo, incluso con su profesor de manjeo... son estos momentos cuando nos damos cuenta que Poppy no es una idiota que finge ser feliz, si no que es alguien feliz, que trata de contagiar su felicidad... pero que tiene límites, y lo sabe. Lo que no impide que siga intentando. La secuencia del vagabundo es, en especial, memorable.

Párrafo aparte merece Sally Hawkins. Injustamente olvidada en las premiaciones, logra convertir a Poppy en una persona real. Poppy es, pues, posible. Y todos deberíamos de ser un poco como ella, aunque sea de vez en cuando.