martes, 19 de febrero de 2008

Trois Couleurs: Bleu

Tres colores: Azul (Trois Couleurs: Bleu) Dir. Krzysztof Kieslowski, 1993.

Por allá de principios de los 90's, y con motivo del bicentenario de la Revolución Francesa, Kieslowski y su guionista de cabecera, Krzysztof Piesiewicz decidieron hacer una trilogía, en alusión a la bandera francesa y a los ideales de la revolución. Así, Azul trataría sobre la libertad. Blanco sobre la igualdad. Y, evidentemente, Rojo sobre la fraternidad. Toca pues el turno a Azul.

La película inicia con un accidente automovilístico en el cual Julie (Juliette Binoche/La insoportable levedad del ser) pierde a su esposo y a su hija. Lo que sigue son los remordimientos, los silencios, los impulsos reprimidos que ahora poblan la vida de Julie. La libertad, nos dice Kieslowski, no se alcanza sino hasta deshacernos completamente de todo lo que nos ata, nuestro pasado incluído. Kieslowski no habla de una libertad política ni social, sino más bien de un estado mental, algo mucho más abstracto.
Entonces, dado el concepo de libertad absoluta (o diríase ideal) de Kieslowski, la pregunta central del film es, ¿es posible alcanzar la libertad? Por supuesto que el cineasta nos guía pero, como en todo el cine del director polaco, al final depende mucho más del espectador. La narrativa pasa a segundo plano para dar paso a las emociones que poco a poco Julie irá siendo capaz de expresar. No es que en Azul no haya historia, sino que la historia se encuentra adentro.

En palabras de mi ilustre hermana, Kieslowski es un director muy lucidito. Traduzco: su estética es impecable. Y Azul no es la excepción. El azul, evidentemente, está presente en toda la película. Ya sea en el agua, en la luz, en las notas de la sinfonía que, al final, será el vehículo de expiación de Julie. Así como lo es Azul de Kieslowski.

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