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lunes, 21 de julio de 2008

WALL·E




WALL·E. Dir. Andrew Stanton, 2008


Si de películas de Pixar hablamos, para mí la estupenda Ratatouille (Brad Bird, 2007) es la vara con la que se deben de medir. Cualquiera que fuera su sucesora, tenía, al menos a mi parecer, un reto muy grande. ¿Qué tal sorteó la prueba WALL·E? Vayamos por partes.

Los primeros, ¿cuarenta minutos? de WALL·E no solamente son lo mejor que ha hecho Pixar, sino que son minutos de gran cine. Se nos presenta a… bueno, a WALL·E (acrónimo de Waste Allocation Load Lifter · Earth class) el único de su especie que sobrevivió después de que fueran fabricados para limpiar el desastre que dejamos los humanos, 700 años atrás (la película se desarrolla en 2700). WALL·E ha desarrollado una especie de personalidad. Es muy curioso y, junto con su amiga, una cucaracha, se dedica a juntar objetos valiosos de la basura (que van desde un cubo Rubik hasta la caja de un anillo de diamantes, pero tira el anillo) y a ver una y otra vez un viejo VHS de Hello Dolly!. Un día suceden dos cosas que cambian su rutina, que se viene desarrollando desde quién-sabe-cuándo. La primera, una cosa verde… una planta. Después, un pequeño punto rojo… que culmina en el aterrizaje de una nave espacial, que deja a la sonda EVA, un robot (¿una robot?) que tiene como misión encontrar vida vegetal y que vendrá a cautivar a WALL·E. WALL·E hace lo que sea por cautivar a EVA, quien al principio se muestra distante pero después irá cediendo (cual dos adolescentes, pues). Llegará, por supuesto, el momento en que WALL·E le enseñe su planta a EVA, que “hibernará” hasta que regrese la nave que la dejó. WALL·E perdería la compañía que tanto había deseado.

¿Por qué estos minutos son gran cine? Primero, porque lo que a mi me tomó un parrafote escribir, en WALL·E sucede sin necesidad de diálogo (bueno, se pronuncian dos palabras… WALL·E y EVA). Se retoma la esencia puramente visual del cine. Hay más de un homenaje a Chaplin (WALL·E en sí mismo es como la versión robótica de The Little Tramp, personaje que inmortalizara Charles Chaplin). Y la película está tan bien hecha (y WALL·E es tan adorable) que uno tarda en darse cuenta del paisaje totalmente desolador que se nos muestra, con grandes rascacielos hechos solamente de basura y cientos de robots descompuestos. Además, la relación de WALL·E con EVA es más natural (¡!) y con más química que la gran mayoría de las relaciones presentadas en las comedias románticas modernas.

Luego llega la aventura en el espacio. Resulta que los humanos estamos viviendo en una gran nave espacial, el Axioma, que es como un supermercado enorme donde nos hemos acostumbrado a que las máquinas hagan todo por nosotros, lo que nos ha ocasionado una obesidad permanente. La nave es piloteada por HAL, digo, por Auto (voz de Sigourney Weaver) que hace todo lo que el capitán debería hacer. Hasta acá llegará WALL·E en su intento por conquistar a EVA. ¿Regresará a la Tierra?

Aquí la película sufre un bajón, pero eso era de esperarse dados los estupendos cuarenta minutos iniciales. La película se convierte en una persecución enorme, y en realidad no mucho más. Claro que el cúmulo de robots deschavetados que se presentan son tan graciosos, y tienen tanta personalidad como se puede (lo que, quizá, nos quiera decir que para ser normal hay que estar loco), pero en general la película se vuelve un tanto rutinaria. Nunca aburre, y eso se agradece. ¿Y otros cinco minutos de gran cine durante esta irregular segunda parte de WALL·E? WALL·E y EVA danzando, mientras la computadora define la palabra ‘danza’. Esto y los primeros cuarenta minutos de WALL·E son gran cine. Lo demás no tanto, pero qué se le va a hacer.
Ah, ¿y cómo se compara WALL·E con Ratatouille? No sé, pero uno tiene que encontrar la manera de empezar una crítica, caray

lunes, 9 de junio de 2008

Persepolis




Persépolis (Persepolis). Dir. Vincent Paronnaud y Marjane Satrapi, 2007.


Marjane Satrapi es una niña teheraní de apenas seis años cuando su país, Irán, empieza a cambiar. En los 60's, la revolución iraní para derrocar al Sha. Después, vendría la guerra Irán-Irak, para después ver a su país estancarse bajo el régimen de los gobiernos fundamentalistas islámicos. Persépolis es el recuerdo, idealizado, exagerado, estilizado, de las memorias de esta mujer, hoy famosa caricaturista-escritora cuya novela gráfica es trasladada al cine.

Primero, la niña Marjane (voz de Chiara Mastroianni) no entiende el por qué la gente quiere derrocar al Sha, dado que en su escuela le han enseñado que su gobierno es justo y bueno. Cuando sus papás (voces de Catherine Deneuve y Simon Abkarian), su abuela (voz de Danielle Darrieux) y, sobre todo su tío (voz de Francois Jerosme) le explican las injusticias y los hororres del régimen, Marjane idealiza todo. ¿Qué va a entender una niña de seis años acerca de guerras, revoluciones, injusticias? Mucho menos entiende el hecho de que después de derrocar al Sha la paz aún no llega. ¿Cómo va a entender una niña que su tío, idealista político de izquierda, ha sido arrestado y está condenado a muerte? ¿Cómo va a entender una niña que, de buenas a primeras, tiene que aprender a usar un velo para ocultar su rostro?

Pasa el tiempo y la opción es clara: a los 13 años Marjane tiene que abandonar su país, a sus padres, a su abuela, a sus amigos, para buscar una vida mejor en Europa. ¿Y cómo va a entender una adolescente que todos la vean raro por ser Iraní? ¿Cómo va a pasar por las ilusiones y decepciones amorosas propias de su edad sin figuras paternas o amigos que estén con ella? Y, sobre todo, ¿cómo se va a encontrar a sí misma, si no es ni de aquí ni de allá? Y sin embargo, Marjane tiene que adaptarse y buscar la forma de seguir adelante.

Las influencias expresionistas en la película son muy fuertes y muy claras. En un blanco y negro contrastante se nos cuenta la historia, con técnicas de animación a la antigüita. Persépolis es, más que la crónica socio-política de la historia reciente de una nación, la íntima historia de una niña que se ve obligada a cambiar junto con su entorno. Lo que no quiere decir que el film sea completamente solemne o esté exento de toda inocencia. El gran mérito de Persépolis es que comprende a su personaje principal (y cómo no iba a ser, si estamos ante una autobiografía) y se nos muestra el mundo a través de sus ojos.

Sí, 100 minutos se antojan excesivos para esta crónica, y sí, rumbo al final Persépolis se empieza a sentir un tanto larga. Pero estamos ante una de esas películas que logra conmover sin caer en el sentimentalismo, logra ser política sin caer en el panfleto, logra ser femennia pero no feminista. Y logra imágenes entrañables. Para la memoria personal se quedan el logrado y aterrador homenaje a "El grito" de Munch; Chiara Mastroianni cantando "Eye of the tiger"; la despedida de Marjane en el aeropuerto... y, por supuesto, los pétalos de jazmín cayendo del brassiere de la abuela.