miércoles, 1 de abril de 2009

Viridiana



Viridiana. Dir. Luis Buñuel, 1960.

Para hablar de Viridiana, primero tengo que hablar de la historia detrás de Viridiana. Después de ganar el Gran Premio en Cannes con Nazarín (el perfecto preámbulo de Viridiana, por cierto), el régimen franquista invitó a Buñuel a volver a España. El mismo régimen que años antes lo había desterrado por exponer la miseria de la provincia española en Las hurdes (Tierra sin pan), ahora quiere aprovecharse de su éxito. Buñuel aceptó, con la condición única de que lo dejaran elegir a su productor. Eligió al hasta entonces mueblero Gustavo Alatriste, en ese entonces esposo de la actriz Silvia Pinal. Pinal cuenta que ella quería hacer una película con Buñuel y estuvo insistiendo hasta que, por fin, su esposo entró al quite para poner el dinero. Buñuel lo eligió porque, se dice, Alatriste no le puso ninguna restricción más allá del hecho de que su esposa estelarizara la película. La película se estrenó en Cannes, donde ganó la Palma de Oro. Al día siguiente, fue prohibida en España y en casi todas partes. ¿La razón? Se le consideró una película blasfema y altamente ofensiva. Si Viridiana sobrevivió es porque, entre Buñuel, Alatriste y Pinal lograron pasar una copia de contrabando a México. Viridiana adquirió, como Buñuel lo hizo muchos años antes, la nacionalidad mexicana. Y deberíamos estar orgullosos.

La novicia Viridiana (Silvia Pinal) está a punto de ponerse los hábitos definitivamente. Su tío, Don Jaime (Fernando Rey en el primero, y mejor, de los muchos viejos raboverdes que compondría para Buñuel) le pide que pase unos días con él. Viridiana va solamente por agradecimiento, ya que fue su tío quien pagó sus estudios. Resulta ser que Viridiana es igualita a su difunta tía, lo que despierta la pasión de Don Jaime. Por otro lado, Viridiana convence a Don Jaime de contactar a su hijo "natural", Jorge (Paco Rabal, en su segunda colaboración con Buñuel) que llegará a deslumbrar a Viridiana, y a la sirvienta Ramona (Margarita Lozano) con su mundanidad y aires citadinos, mientras (por razones que no revelaré) Viridiana intenta convertir la mansión del tío en un refugio para mendigos.

Buñuel en esta película apunta la mayoría (¡que no todos!) de sus cañones a una institución que hoy en día tiene más fuerza que nunca: la de la beneficencia. Los mendigos ya mencionados serán víctimas y victimarios, nunca beneficiarios, de la empresa de Viridiana. Hay muchos y muy variopintos: viejos, jóvenes, tuertos, leprosos, enanos... nunca, y esta fue seguramente la intención de Buñuel, inspiran compasión, ni lástima. La defensa de los pobres, dice Buñuel, puede ser también un acto de egoísmo. ¿O no lo hace Viridiana para expiar sus culpas? Otro ejemplo podría ser Don Jaime. Pagó los estudios de Viridiana, sí, pero quiere algo a cambio.

Hay una escena genial en la película en la que Jorge ve pasar a un perro atado a una carreta, lo que lo indigna. Compra, pues, al pobre perro. Suceden entonces dos cosas interesantes. Primero, ya que se van los hombres de la carreta, el perro quiere seguir con ellos. Segundo, justo cuando Jorge da la vuelta pasa otra carreta con otro perro, al que ya no ayuda pues no lo ve. Curiosamente, en un momento de la película Jorge también le dice a Viridiana que ayudando a unos cuantos mendigos no va a cambiar al mundo. El impulso de ayudar es, pues, natural hasta para el más cínico de los hombres pero, ¿de qué sirve si las personas en realidad no lo saben dar, ni recibir? Y es que Buñuel no se va contra la beneficencia per se, si no contra la manera en que la humanidad la da y, sobretodo, la recibe. Habrá que ver el berrinche que hacen los mendigos cuando se les anuncia que tienen que trabajar.

Por último, el final de Viridiana es, quizá, la prueba más grande del maravilloso talento de Buñuel. La película terminaba insinuando claramente un encuentro sexual, lo que no fue permitido por la censura española. Para solucionar esto, Don Luis cambió la escena por una partida de cartas... que vale por cinco menage a trois.

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